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La cruzada homófoba en África pone en riesgo la lucha contra el VIH: “Las enfermeras o los doctores tienen miedo y prefieren no atenderlos”

ElPaís.com.- La ola conservadora que en los últimos años ha endurecido las leyes contra la población LGTBIQ+ en países como Uganda, Senegal o Burkina Faso, y que amenaza con hacerlo también en Ghana, se ha convertido en un obstáculo más en la lucha contra el VIH. Uganda es el ejemplo más grave, con la ley aprobada hace tres años que prevé penas de cadena perpetua e incluso de muerte en casos considerados como “homosexualidad agravada”, que incluyen relaciones con menores, personas con discapacidad u otros supuestos, como que una de las personas es seropositiva.

La nueva norma ha condenado a la clandestinidad a miles de personas que hasta no hace mucho aún confiaban en una red de apoyo formada por clínicas, ONG y plataformas de la sociedad civil. Se ha instalado un clima de miedo que hace que muchos incluso dejen de acudir a buscar las píldoras de la profilaxis previa a la exposición (PrEP), de consumo diario. A la legislación homófoba se suma el problema de los recortes de la ayuda internacional, que se agudizaron tras el cierre de USAID, la agencia de cooperación de Estados Unidos.

Ruth Kikonyogo, investigadora y especialista en salud pública de Plan Internacional Uganda y Save the Youth Uganda, asegura a este diario que los pacientes ya no van al hospital a por las pastillas. “Y no solo es un tema de la comunidad LGTBIQ+”, asevera. “Cualquier persona que les ayude puede acabar en la cárcel. Incluso las enfermeras o los doctores tienen miedo y prefieren no atenderlos. La mayoría dice que son heterosexuales para recibir el tratamiento, pero algunos no quieren mentir y han dejado el país”.

Kikonyogo habla con miedo desde la Conferencia Internacional del Sida que se acaba de celebrar en Río de Janeiro y donde ha presentado un estudio sobre el impacto de las leyes homófobas en las políticas antiVIH. Confiesa que cada vez que sube a un escenario para hacer una presentación, por mucho que esté a miles de kilómetros de casa, se fija bien en la platea por miedo a que haya ugandeses que puedan jugarle una mala pasada, ya que, debido a la nueva normativa de su país, su trabajo en defensa de los colectivos vulnerables podría encuadrarse como “promoción de la homosexualidad”, que también prevé penas de cárcel.

A pesar del riesgo, asegura que su vida en Uganda no corre un peligro extremo porque ella es heterosexual, pero muchos de los colegas con los que trabaja viven rozando la clandestinidad, invisibles. “Ser gay en Uganda siempre ha sido difícil, pero desde que se aprobó la ley se instaló un clima de desconfianza muy grande. La gente con la que teníamos contacto y a la que hacíamos seguimiento ha desaparecido. Muchos desconfían incluso de nosotros”, dice.

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